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Un relato de E. Zuiker , espero que les guste:

 

El joven escuchó su nombre al llamarlo la profesora; tragó saliva, se levantó, se dirigió a la pizarra y se puso frente a la clase. Treinta y cuatro pares de ojos le observaban entre curiosos y divertidos con esa mezcla de camaradería y crueldad que se gasta en las clases a la hora de preguntar la lección.

El corazón se le desbocaba, había preparado los versos una y otra vez durante el fin de semana hasta casi soñar con ellos, pero la inseguridad le asaltaba. No es que desconfiase en su memoria, pero el mero hecho de mirar a la profesora le turbaba.

Rondaba los cuarenta, pelo negro negrísimo, labios encarnados y ojos inquisitivos, la primavera había llegado y hacía que la blusa se abriese y mostrase el valle entre dos pechos jugosos. En los segundos que tardó en pasar las páginas del libro, el jugó a adivinar su ropa interior, a soñar el sabor de sus labios y a paladear su perfume en el ambiente.

Se le atrancó la poesía en el tercer verso, retrocedió, comenzó unas cuatro veces. No escuchaba las risas de sus compañeros, tan sólo sentía arder su rostro y temblar las piernas. El enésimo intento de terminar de recitar fue fulminado por un gesto de la profesora casi en el mismo momento de sonar la campana.

La jauría comenzó a correr camino del patio, la profesora le llamó otra vez por su nombre reprendiéndole por su falta de aplicación y como no podía ser de otro modo le impuso el correspondiente castigo. Nada físico, atrás quedaron azotes y golpes de regla, pero nadie le libraría de copiar la poesía íntegra cincuenta veces y entregarla al día siguiente a primera hora.

Aún hoy muchos años después el joven recuerda el camino hasta su casa, como iba sonriendo, silbando, casi saltando. Pleno de placer en una nube iba recitando por lo bajito a Machado:

“Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una fontana fluía
dentro de mi corazón…”

Mientras pronunciaba cada sílaba se recreaba en la sensación punzante y ardiente del medio apretón, medio pellizco que su profesora le dejó en la nalga derecha.

E. Zuiker

la imagen de aqui

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Tú jugabas a soplar la espuma de mi cerveza
Yo a encontrarte detrás de un rizo

Tú ibas de Nancy rubia
Yo de Ken con jersey

Tú no quisiste ningún bar vetado
Yo no renunciaba a mis aceitunas

Tú trajiste el aire del levante
Yo recordaba tierras lejanas

Tú enjugabas lágrimas de cocodrilo
Yo descendía a los sótanos

Tú nos mostrabas el salón de tu casa
Yo la ciudad que me vio nacer

Tú saludabas a la multitud
Yo consolaba a mi soledad

Tú nombraste a los ausentes en un brindis
Yo me tragué las lágrimas

Tú terminaste invocando a Dios
Yo me quedé a cuadros

Tú mirabas a unos ojos azules
Yo hacía una foto perfecta

Tú te marchaste respirando deprisa
Yo volví a trotar por la estepa

Yo me alegraba de volver a verte.
Tú nunca lo dudaste.

El texto es del Sr Zuiker, la imagen de aqui

Nuestro amigo Zuiker nos manda esta carta, no es un relato, ojalá algun día la pudiese leerla su destinatario.

Disculpa que me dirija a ti así, no te conozco. En realidad sé muy pocas cosas de ti.

Sé que tienes once años.
Sé que tienes un tumor cerebral maligno.
Sé que hoy te han operado durante más de diez horas en un hospital de Madrid.
Sé que a tu hermana se le acabó la adolescencia el día que te diagnosticaron la enfermedad.
Sé que quisiera haberte dado la mano en algún momento.

Ni tan siquiera sé como te llamas.

Tienes que saber que no estás solo.
Tienes que saber que a tu lado está más gente de la que jamás imaginarás.
Tienes que saber que tu lucha se lleva a cabo entre emociones contenidas, sollozos, palabras de ánimo, plegarias silenciosas y ateos que se tragan la rabia mientras aprietan las manos y les brillan los ojos.

Ahora duermes, dicen los médicos que pasarás así un día o más. También dicen que tu operación fue bien aunque es muy pronto para decir nada aún. Creo que has estado en buenas manos.

No sé como acabar este puñado de frases apresuradas, si te parece bien dejamos el final para otro día y recuerda:

No te rindas

Fdo. Zuiker

Desde que se marcharon los españoles mi familia había sido una familia de ley, sin problemas con la Justicia, bien mirados por los vecinos y respetados por los más allegados. Pero mi familia conoció la cárcel.

Fue durante el gobierno de Batista, mi padre era un destacado líder sindical de las azucareras, era comunista, o creía en el comunismo o tal vez sólo se dejaba llevar por un sentido común que le atenazaba. Cuando vinieron a buscarle dijo que nada tenía que temer pues nada había hecho, siempre dijo que tan sólo reclamaba su derecho a elegir.

Mi padre volvió cuatro años después, irreconocible, destrozado por fuera y por dentro. La cárcel y la tortura borraron todo rastro de humanidad en él. Antes de ese día conversábamos mil veces paseando por el campo. A partir de ahí, casi no volvió a hablar, ya nunca más quiso elegir nada.

Pero había sembrado en mí ese espíritu inquieto que hizo que como muchos otros bailase de alegría cuando Castro llegó con los barbudos de Sierra Maestra a la Habana. Yo era casi un niño pero aún recuerdo las sonrisas francas, los suspiros de alivio y las palabras de Batista antes de partir a su exilio en España, rogaba a Dios que iluminase a los cubanos para que pudieran vivir en paz. Se equivocó. Tampoco pudimos elegir.

Yo también conocí la cárcel, mucho después que mi padre. Fue tras la Universidad, un cartel pegado, un chivato, un coche negro, una bolsa en la cabeza, dos palizas y una amenaza de muerte. Yo me tragaba la sangre mientras en la radio sonaba una voz cadenciosa que nos trataba a los cubanos de camaradas y nos pedía unidad contra el capitalismo gritando fuerte al final “Socialismo o muerte”. Pero ni tan siquiera eso pude elegir.

Años después escapé a los Estados Unidos. Ahí cambió todo. ¡Era libre! Pensé que ya nadie volvería a elegir por mí. Ahora camino por un bulevar en Miami Dade, entre palmeras y turistas. Llego a mi destino y espero un segundo antes de abrir la puerta y entrar. Llego hasta la mujer uniformada, no le tengo miedo, aquí no ¡sé que puedo elegir! Ella me mira tras unas gafas de cristales gruesos y me pregunta con una sonrisa falsa en la boca “¿Quiere las patatas y el refresco gigantes por sólo un dólar más?”

Aprieto el billete verde en la mano. Esta vez, elijo yo.

Zuicker
La imagen fue tomada de aqui


“Pero que fea es la gente normal”

Victor Kempler
Mi gran noche

Como han podido comprobar, hoy no hemos publicado por primera vez en 8 meses.
Kempler a muerto. Viva Kempler.

“I’ll tell you all my secrets, but I lie about my past.”
Tom Waits. Tango Till They’re Sore.

Ella solía llamarle V, pero cuando se despidieron se refirió a él como K, y, entre la incertidumbre de estas dos letras tan llenas de significado aún sigue vagando su verdadera identidad.

Entre los escasos objetos que llevó en su viaje se encontraba la maltratada copia que ella le regalo de Bajo el volcán, las paginas amarillentas, cuarteadas, la traducción atroz en dos volúmenes de letra minúscula y apretada; el libro en el que ella se refugiaba cuando las cosas no iban bien, cuando la realidad dolía demasiado y, aquella única frase subrayada con trazo tembloroso de la que ella se negaba a hablar: “-…¿Has vuelto de veras? ¿O sólo viniste a verme?”, esa breve cita que él a veces recitaba como un mantra cuando las noches se volvían demasiado largas.
¿Cuánto tiempo había estado perdido; vagabundeando como un peregrino que olvida el motivo de su viaje? ¿Cuántas estériles jornadas habían sido necesarias para que al mirarse al espejo volviera a reconocerse?

Ahora que el pasado comienza a ser sepultado por el presente, como el yermo páramo al que la nevada transforma cubriéndolo aun sin hacerlo desaparecer, ahora que la vida es de nuevo vida y no la sombra sin espesor de lo que debió ser, ahora, que el tiempo ha proporcionado la perspectiva necesaria, anestesiando a la memoria, acallando la culpa, ahora, sabe que puede regresar, pero, ¿A dónde?, se pregunta, mientras el ferry deja atrás las viejas murallas de il-Belt.

Victor Kempler.


Se acaban de cumplir los dos primeros años del gobierno Zapatero. Casi todos los medios de comunicación aprovechan el momento para valorar la legislatura, realizar encuestas y hacer cálculos entre los proes y los contras. Escuchamos a unos decir maravillas (matizadas) de este gobierno, a otros, en cambio, les oímos echar pestes (no tan matizadas). Y no es raro que ocurra algo así; en efecto, hoy por hoy es muy difícil enjuiciar objetivamente los logros del gobierno. Tendrá que transcurrir bastante tiempo para que podamos mirar con perspectiva este momento político, y esto en ningún caso porque se estén produciendo cambios trascendentales que transformarán en el medio plazo toda la configuración de España tal y como la conocemos y salió del célebre “pacto constitucional”. Ésta, la del hundimiento de la España del 78, es la tesis de ciertos ideólogos de la derecha, y, como es bastante habitual en ellos, es una tesis de baja profundidad y de roma perspicacia (suele ocurrir cuando se piensa desde el prejuicio; en fin, que la esencia de la derecha es no pensar, sino a lo sumo calcular, será el tema de algún futuro artículo, pero esto explica que en ninguna época haya habido pensadores de derechas, si acaso se les consideró de derechas retrospectivamente y de modo revisionista).
La imposibilidad de valorar a este gobierno no deriva, pues, de que los efectos de su política no se verán en el corto plazo. Se debe más bien a la potentísima impronta que el anterior gobierno dejó en nuestra imaginación, a la luz de la cual, y por tanto de forma relativa, juzgamos todo lo que vino después.

Es normal que los que vieron en el gobierno de Aznar realizada su idea de lo que ha de ser España no puedan sino enfrentarse con desagrado a cualquier cambio de rumbo; no podemos negar que hay un gran sector de la población y sobre todo de los medios de comunicación que se sentían muy cómodos con el proyecto nacionalista (en sentido castizo) que estaba liderando Aznar: a saber, el sector de los que, por llamarlos de alguna manera (y en consciente relación con el término paralelo, pero de sentido contrario, respecto a la Guerra Civil), perdieron la Transición (de ahí eso de “Segunda Transición” tan caro al aznarismo). Todos ellos sentían que el gobierno de Aznar estaba personificando por fin ese retorno a un concepto de España reprimido durante los años de la presidencia de González. Ese sector vivía en una especie de entusiasmo y sus medios afines se sentían de nuevo influyentes (todos recordamos las palabras de Luis María Anson, de Pedro J. Ramírez o de Federico J. Losantos, dando consejos, alabando o reconviniendo con suficiencia paternalista al propio presidente Aznar: considerándose, en fin, los directores intelectuales del movimiento). Los que habían estado casi veinte años mirando desde fuera, con envidia, la Bodeguilla de Felipe González, ahora estaban dentro de la Corte como consejeros del Emperador. Es comprensible que el inesperado fin de esa etapa haya generado una depresión que aboca a ver cualquier cambio en el proyecto político como una catástrofe, pues ya no se trata ni de su proyecto ni de su presidente. Todo eso que tanta euforia les había suscitado se quedó en un programa inconcluso, prematuramente abortado. De la frustración que siguió al entusiasmo se deriva el actual rencor.
Por el otro lado, no es menos normal que tampoco podamos ser objetivos en nuestras valoraciones los que veíamos aquel programa con menos optimismo. ¿Alguien se puede extrañar de que a los que nos repugna la España proyectada por Aznar nos parezca preferible incluso esa falta de proyecto para España de la que se acusa a Zapatero antes que ese proyecto bien definido (pero totalmente errado) del que se jactan en el PP? ¿Qué tiene de provechoso el estar bien seguro y determinado a algo si se está determinado a algo erróneo? Preferimos la indeterminación y la España difuminada de Zapatero, aunque sólo sea faute de mieux [a falta de algo mejor]: es que la alternativa (la que propone el PP) es desoladora. Desde nuestro punto de vista es incluso preferible tener de presidente un mono disfrazado de botones que decida la política del país tirando dardos sobre un diccionario que seguir gobernados por Aznar; de modo que no es que la acción política del gobierno de Zapatero nos parezca maravillosa en sentido absoluto sino que nos parece maravillosa en comparación con la de la etapa anterior. Nos parece evidente que la actual actitud reivindicativa de los sectores nacionalistas (los no castizos, i.e. los nacionalismos “periféricos”) no se debe a la supuesta debilidad del gobierno Zapatero sino precisamente a la supuesta fortaleza (aunque era más bien la intransigencia y la soberbia del ignorante) del gobierno Aznar, la cual generó unas frustraciones y un rencor que están explotando ahora (toda movimiento en un sentido genera una reacción en sentido contrario: la exacerbación del nacionalismo centralista ha generado como respuesta una exacerbación opuesta, aunque de idéntica dirección, de los nacionalismos periféricos).
Para juzgar en su justa medida el actual periodo de reformas hace falta, por tanto, que se borre de nuestra imaginación la vívida impronta que dejó el anterior gobierno, que nos ciega aún y nos impide ver con claridad desapasionada el presente. Hace falta, en suma, tiempo, o, dicho con otras palabras, hacer balances tan pronto es, sí, un ejercicio periodístico (el periodismo tiene que generar noticias, exige y produce actualidad), pero no filosófico (la filosofía exige distancia y es por tanto siempre intempestiva e inoportuna). Lo más sensato es la cautela y el juicio modesto, de perfil bajo: todo esto se echa especialmente en falta en los medios cercanos al PP.

by Pagliacci

Unos amigos nuestros que se hacen llamar la factoría fotónica tienen ( o tenían ya que hace tiempo que no producen nada) la compleja afición de realizar cortometrajes.

Uno de ellos lo habéis podido ver en el enlace que pusimos hace algunos días se titulaba L4 N4V3.

En este enlace podéis ver lo ultimo que montaron, se titula Accidentes y trata sobre la responsabilidad de los grandes para con los pequeños.

Si el presupuesto de L4 N4V3 fueron 30 euros este se realizó sin presupuesto alguno y aprovechando los medios que tenían a su alrededor.

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