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Y cuentan que así fue como se acabó convirtiendo en el monstruo del que todos hoy huyen. Después que asesinaran al hombre con el que había sido feliz, entendió que jamás podría vivir tranquila si no era libre. Miro a sus hijas, aquellas que con él había tenido, y como los refugiados del pueblo odiado en el monte del mar muerto, cortó sus cuellos. Murieron dulcemente. Los romanos, ante la visión de los cientos de Judíos que en aquel suicidio colectivo quedaban extendidos por toda la cumbre del Masada, se sorprendieron. Las gentes del sur de Antioquía no se sorprendieron, enloquecieron de pánico al ver los cadáveres de las dos chiquillas.
Los pocos que la vieron desde entonces, la describen como el mismísimo diablo, despiadada, sádica y salvaje. Odia a los hombres y desprecia a las mujeres por como pueden llegar a servirlos. En aquellos barrios del oeste de los que se apodero a fuerza de imponer la razón de su cañón, mil leyendas hablan de ella, “La perra”. Se dice que a cada hombre con los que estuvo después de su marido lo marcó como a una res, y no solo en lo físico, ninguno pudo jamás sentir nada por otra mujer de cómo ella les había tratado.
El día que estuve ante ella, mis piernas temblaban, mi corazón golpeaba en el pecho enviando un martilleo a mis oídos que apenas me dejaba sentir la tormenta de arena que cubría la vieja hacienda donde me llevaron. Su mirada era única, intensa, oscura. Uno podía mearse encima con tan solo imaginar lo que aquella mujer decidiría hacerle.
